miércoles, 6 de febrero de 2013

Orientación profesional: BOMBEROS EN LANZAROTE




         Señor ministro de Educación, con todos mis respetos, le he oído y he leído las declaraciones en las que usted, además de los muchos jardines donde laborea y abona, se ha metido en uno nuevo cual es el asesoramiento y orientación profesionales, llamémoslas, desde la generalidad.
         Oigo a colegas, oigo a estudiantes, oigo… y el rumoreo y el ronroneo evitan razonamientos razonables, se me antoja que sobran opiniones nada respetables –entre ellas la de usted- y la polución y la nítida distorsión de todo tipo evita que las explicaciones lleguen límpidas y diáfanas
         Escucho a muchas personas, entre ellos a algunos padres y a algún profesor, pobrecillos, que hablan de la vocación profesional, ese fantasma que nunca nadie vio, por la sencilla razón de que nada que no sea una persona puede llamar a otra… y, por tanto, difícilmente me podría llamar a mí la profesión de Química de la grasa, por poner un poner, que eso sí sería una llamada de lo salvaje. ¡Sí, ya, vocación en sentido figurado, en sentido amplio, metafórico, metonímico…! ¡La Biblia en verso por Dios!
         Usted plantea que los estudiantes enfoquen y orienten sus empeños, mayores o menores, hacia carreras que tengan salidas… y no hacia aquello que les guste o que pudieran seguir por línea familiar -¡menuda antigualla de planteamiento, señor ministro, salvo para médicos y abogados!-. Me va a permitir.
1.     desde hace muchísimos años, ha sido un error pensar que las carreras universitarias tenían salidas distintas a las de incendios;
2.     la relación entre los estudios universitarios y las profesiones y los empleos concretos desarrollados posteriormente, en muchísimos casos, es remotísima;
3.     en un momento histórico donde todo se mueve con la celeridad que lo hace, ¿quién es el profeta que logra decir cómo estará mañana el  mercado de trabajo? ¿Y dentro de cinco años o siete o nueve que es cuando yo, estudiante, saldré a ese supuesto mercado?
4.     en un mundo global, más allá de los límites comarcales, que algunos ansían para vivir, ¿se refiere usted a las posibilidades profesionales acá, aquí o acullá? ¿o es que hay las mismas ofertas de empleo en Cuenca que en Quito o Nueva York o Singapur?

Siga permitiéndome, señor ministro.

1.     No se le ponen puertas al campo.
2.     Los motivos por los que se estudian unas carreras u otras son peregrinos hasta decir basta: haga un muestreo.
3.     No hay carreras con salidas, ¡por favor!: hay personas que tienen salidas y capacidades que no tienen sus mismos colegas.
4.     Impartir una materia llamada Emprender es querer hacer de todos los estudiantes, por igual, unos empresarios… (le recuerdo que el origen de ambas palabras emprender y empresario nos lleva a un mismo pesebre… Cierto que Tales de Mileto fue empresario oleícola, pero tengo para mí que eso fue más una cucurbitácea, es decir, un pepino que le salió).

Señor ministro, le cuento una anécdota para cerrar. A Ramón Gómez de la Serna, Ramón para quienes nos dedicamos a algo tan inútil como la Literatura, cuando le preguntaban qué había estudiado, contestaba invariablemente: “Yo, como todos los españoles, Derecho”, es decir: como su propio padre, entre ellos, ¡y usted mismo, señor ministro, por no ir más lejos! Derecho, que es la carrera que se estudia por exclusión del resto… Curioso,  fíjese usted cuántos universitarios con título de Derecho hay en la política… y de qué poquito les sirve… El Presidente del Gobierno, la Vicepresidenta…, Adolfo Suárez, don Felipe González, Rodríguez Zapatero, Aznar y esposa,   ¿sigo? A lo mejor, en vez de licenciados en Derecho, hubiéramos ganado mucho de haber sido ustedes bomberos en Lanzarote…

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